Anhelé equilibrio, y los dioses malvados me lo otorgaron: la odio y la quiero en igual medida.
Y sólo ahora, a esta hora y con la primera cana en la barba, puedo notar nítidamente (y sin escándalo) la total y sospechosa indiferencia entre estos sentimientos.
Son igual de intensos y, ¡aleluya!, lo que en el fondo importa es la intensidad.
Me rindo ante mi sabiduría.

