El juego es muy simple. Se necesita un lápiz capaz de escribir en la piel y una mano (además de la que se ocupa para manejar el lápiz). Trazas dos líneas perpendiculares que se atraviesan (dibujas una cruz), dejando cuatro áreas más o menos iguales (no es tan sencillo dibujar en una mano, especialmente si es en la parte de arriba, no en la palma).
A continuación, y con aire solemnísimo, se pregunta cuáles son las iniciales del nombre de la persona que te gusta. [Pero antes era otra cosa, pero se me olvidó, qué pavo.] Yo dije H.M., obviamente, las niñas se maravillan cuando les acepto que me gusta Hanna Montanna (¿pero sus canciones?, sí, pero también ella, ¡oh!). Las inciales se escriben en una de las áreas. En la siguiente, se anota la edad del dueño de la mano dibujada. Veintitrés (en este punto conviene mentir restándose unos añitos), respondí. Se escribe con número, no con palabras. Después, en la última área [sí, se me olvidó una, creo que era la primera], se dibuja un corazón y, mientras se pinta, el dueño de la mano debe pedir un deseo. Intenté decirlo en voz alta, era algo como "que se caiga toda la iglesia y muramos todos", pero no me escucharon mucho. [Ya, ahora lo recuerdo o quizá lo inventé.] Antes, mucho antes de todo, se escribe en una de las áreas el nombre del dueño de la mano.
Entonces, para finalizar, se manifiesta el secreto maravilloso: tienes que hacerle el mismo juego a veintitrés personas y ¡se cumplirá tu deseo!
Despúes...
[...continuará...]


