II
La Indiferencia De Los Días.
Él había tomado la costumbre de llamarla “diosa” y, en momentos especiales, “deidad”.
Ella, con esa seriedad en la mirada que parecía invocar gigantescos monstruos desde las más crueles pesadillas, le preguntó cierta vez: “¿me lo dices en serio?”. “Por supuesto”, contestó él con una naturalidad construida a lo largo de meses haciéndose la misma pregunta, “eres mi diosa, y no puedes salvarme, es lo más terrible”.
Ella no lo dijo, pero su corazón divino había quedado destrozado. Su impotencia había sido puesta en evidencia sin ningún respeto por parte de un simple mortal, y hubiera acabado con la vida de éste con el sólo movimiento de sus juveniles labios, si no hubiera visto en él, casi en el mismo instante, al revelador de su realidad. “Claro que puedo salvarte”, mintió más tarde, “lo que pasa es que nunca me lo has pedido”.
Cierto día, le guiñó el ojo al cielo y comenzó a llover. Después, le mostró, enfadada, la lengua a un manzano que se secó ante su atónita mirada. Entonces, salió a la calle y comenzó a proclamar su innegable divinidad. “Soy una diosa”, gritaba. Y como nadie la tomara en cuenta, corrigió: “soy Dios, soy Dios, o por lo menos uno de Ellos”. Ese día no sólo recibió desprecios e indiferencia, sino una paliza que nunca olvidó, cortesía de las señoras más respetables de la población.
Con cierta lástima en su corazón sagrado, y apaciguando no con poco esfuerzo la ira que ya había comenzado a quemar vivos a los hijos de sus enemigas, se dirigió a la casa de aquél joven que a lo largo de sus celestiales infinitos años llegaría a ser su único creyente fiel.
“No te voy a pedir un templo consagrado, pero a cambio de eso quiero que me traigas una flor cada día”, le dijo mientras él le curaba las heridas que ella se esforzaba en mantener sangrando, aunque su cuerpo tendía a curarse solo.
“Tampoco tendré un día dedicado a mi nombre, a fin de que todos tus días sean iguales y no sientas la diferencia entre ellos. No podrás distinguir entre el sol y la luna: éste es mi primer regalo. Sólo te pido que, ya que me creaste, me obedezcas”, concluyó.
Él sonreía. Hubiera querido escribir cada palabra en lo que creía llegaría a ser el más inservible de los libros sagrados alguna vez escrito, pero su diosa hablaba demasiado. Estaba maravillado contemplando cómo esa mujer se entusiasmaba ante una naturaleza que él había sospechado hace años, y que ya sabía inútil.
De "Los Siente Pasos Antes de Desaparecer".-


