Soy un mentiroso, lo que no es la gran novedad, pero sí una "toma de conciencia" interesante. Me miento continuamente con esa actitud de niño bueno y resignado que dice "gracias por todo lo bueno, era inevitable lo malo". Suena bien, realmente cool. Pero es mentira.
Por supuesto que se agradecen los buenos momentos de la vida (que son, en definitiva, lo único que tenemos), pero a la frase le falta algo, una parte sincera, o que carga con el mayor porcentaje de la sinceridad. Podría ir entre paréntesis, podría omitirse cuando uno quiera verse a sí mismo y al mundo como algo abrazable, pero no debería estar ausente. Aunque tal aclaración (para la gran mayoría tan normal, lógica, nada sorprendente) nos lleve de vuelta nuevamente, una y otra vez, al centro de la divagación inútil de "¿por qué tendría que levantarme hoy día?".
Quiero ser sincero, me lo pide el cuerpo (o sea, yo). Aunque esta sinceridad en manos de espíritus frágiles como el mío es como subir un sillón de esos tan frecuentes en mis ideas de casa del mañana al último piso de una casa hecha con palitos de fósforos tallados con el esfuerzo diario de hacer calzar ideas felices (intentando volar).
Agradezco todo lo vivido hasta ahora (pero quiero más).
Lo quiero todo, jodido mundo. ¡Todo!
Luego, el sillón es muy grande, la casa se cae, habrá que tallar nuevos palitos: soy un infeliz. Todo por no conformarme. Es el mito del paraíso repetido una y mil veces, casi por masoquismo.
No me conformo, pero puedo mentir un conformismo. Y eso, para escándalo de José Manuel, es un tipo de felicidad.
Amén.